Luis Eduardo Gutiérrez Barreiro es un lugareño que ama su terruño y se siente orgulloso al decir que ha vivido toda su vida en Campoalegre. En sus composiciones se refleja su pertenencia e identidad, su integración con la comunidad y sentido humanista.
El compositor Luis Eduardo Gutiérrez Barreiro, nació en 1948 en el municipio de Campoalegre (Huila). Hijo de padres campesinos, Agustín Gutiérrez Cortés y Marcelina Barreiro, quienes poseían una pequeña finca ubicada en la vereda Chía, donde se dedicaban a las labores agrícolas.
En su infancia, el pequeño Luis ya mostraba atracción por la música, pues según cuentan sus allegados y parientes, solía fabricar una suerte de guitarra con alambres y tarros de guadua, artefacto que hacía sonar tarareando canciones.
En su entorno familiar y social, Luis Eduardo se impregnó de las sonoridades populares propias de la época, escuchando conjuntos musicales en la vereda y en el pueblo, con ocasión de las salidas al mercado y también en las festividades de San Juan y San Pedro.
A los ocho años partió con su madre a una gran hacienda en el Departamento del Meta y durante tres años la acompañó como ayudante, moliendo maíz y deshierbando arrozales en vastos cultivos del llano. Debido a este repentino desplazamiento, abandonó por un tiempo sus estudios escolares, pero en compensación, esta nueva experiencia le regaló uno de los legados que aún atesora: su gusto por el folclor llanero, al cual más tarde rendiría tributo, con algunas de sus composiciones.
Una vez de regreso en Campoalegre, a pesar de las dificultades económicas, logró culminar su primaria y más adelante, se diplomó como mecanógrafo.
En su entorno no se hablaba de música, —ni mucho menos de estudiarla, ni de tener la oportunidad de ir a un conservatorio—, lamenta. Por costumbre y tradición, todo parecía indicar que su modus vivendi estaría ligado a las labores del campo.
Luis Eduardo aprendió música en la escuela de la vida. En 1967, a los diecisiete, mientras velaba por la manutención de su madre trabajando en la siega del arroz, comenzó a incursionar como cantante de vida nocturna en las cantinas del pueblo.
Un amigo músico lo había convencido de organizar un trio (voces con cuerdas y guacharaca) para salir a “pesear”, es decir, a cobrar tres pesos por cada canción, como se estilaba por aquellos tiempos.
Tras días de ensayar el repertorio que podía captar escuchando la radio, solía a cantar con el trío los fines de semana en el ambiente nocturno y bohemio de las zonas de tolerancia, entre bares y cantinas, interpretando gran variedad de repertorio: piezas del folclor local, tangos, rancheras, boleros, pasillo ecuatoriano, canciones de música tropical, vallenatos de Escalona y también temas de Olimpo Cárdenas, Oscar Agudelo y Julio Jaramillo.
Al año siguiente, mientras departía en una finca del municipio de Gigante (Huila), escuchó por primera vez en vivo, a menos de cinco metros de distancia, al famoso dueto ibaguereño Silva y Villalva. Este hecho lo influyó poderosamente, a partir de allí emanó con fuerza su amor por la música andina colombiana y comenzó a ensayar canciones como Viejo Tolima, El Canalete, Las Acacias y el repertorio de Jorge Villamil que ya circulaba por aquella época: Espumas, El Barcino, Llamarada, Los Guaduales, entre otras.
Cuatro años más tarde, a los veinticuatro años de edad, el proceso musical de Luis Gutiérrez se perfilaba con mayor compromiso y constancia. En 1972, con ocasión de la primera semana cultural de Campoalegre, conoció a Alberto Álvarez, quien lo invitó a conformar el dueto Gutiérrez y Álvarez.
Así inició una carrera de ocho años de figuración en tarimas y presentaciones a nivel regional y nacional; actividad que llevó al dueto a ser considerado como uno de los más exitosos y solicitados del Huila, tanto así que, en 1980, la compañía disquera CBS los invitó a grabar un disco de larga duración en la capital colombiana.

Dueto Gutiérrez y Álvarez
En este LP interpretaron repertorio de Jorge Villamil, canciones de Carlos Álvarez, Vicente Romero y Arturo Plazas, Ramiro Chavarro, José A. Morales y un exitoso tema de Álvaro Córdoba Farfán denominado Ilusión campesina. El disco alcanzó un tiraje de diez mil copias y fue un éxito en ventas.
Sin embargo, algunos impedimentos y ocupaciones individuales, llevaron a los artistas a interrumpir paulatinamente sus giras y compromisos en la ciudad de Bogotá y, en consecuencia, poco a poco se desvaneció la ilusión de brillar en el espectro nacional.
Luis Eduardo reconoce que el dueto Gutiérrez y Álvarez fue un buen espacio que le permitió profundizar la modalidad del dueto vocal, como intérprete de la primera voz y la ejecución del tiple, instrumento que aprendió a tocar invirtiendo largas horas de ensayo, particularmente con la mano derecha, hasta lograr los efectos de golpes y chasquidos. Gracias a esta dedicación, años después obtendría un galardón como mejor triplista, en el festival de duetos de Puerto Salgar (Cundinamarca, en 1996).
En su inquietud por apropiar el lenguaje musical, desde muy joven también quiso acercarse a la banda municipal, con el fin de aprender la trompeta y leer partituras. Sin embargo, su sueño acabó cuando a los pocos meses, el maestro de la banda se retiró, debido a que el municipio canceló el programa.
Fue así como desde la década de los setenta, continuó su camino con las músicas de duetos, tríos y cuerdas populares y su interacción con este tipo de agrupaciones, lo conduciría en 1974 al Trio Huilense, de Neiva, -como cantante en la primera voz-, con quien pudo experimentar una perspectiva más digna y profesional de su rol como músico.
Debido a que el trío era exigente en la afinación, logró ejecutar una primera voz definida en la armonización con las voces segunda y tercera; y a medida que avanzaba, consiguió elevar sus cualidades auditivas e interpretativas.
De otro lado, con la mentoría de sus compañeros, aprendió a tomar control personal frente a la presión social ejercida en el medio con respecto al consumo de alcohol. Para Luis Eduardo, este es un factor de riesgo habitual que afrontan los músicos populares, dado su roce inevitable con la fiesta y el ambiente bohemio.
Como resultado de su experiencia de vida, hoy reconoce que no es necesario ningún vicio para sentirse pleno en este oficio, incluidos los aplausos, el oropel y la fama. En el oficio musical encontró una vía digna para la manutención de su familia, ya que ganaba más de lo que podía hacer en el campo cortando arroz, al sol y al agua: —Cuando me di cuenta que en dos fines de semana podía obtener casi lo del mes, preferí comenzar a ensayar y salir a ofrecer servicios musicales— comenta.
A lo largo de su carrera artística, unió esfuerzos con otras agrupaciones, como el trío Yarabí, el trío de los Hermanos Romero, el dueto Jovial, el dueto Señorial, entre otros. También actuó como cantante en una compañía de circo, recorriendo poblados en el Caquetá.
Aunque no faltaron las dificultades en sus ires y venires, el autor reconoce con gratitud buenas épocas de bonanza, —nos dábamos el lujo de rechazar presentaciones, pues a veces teníamos hasta veintiocho y treinta serenatas en fechas especiales —, comenta.
Dueto Gutiérrez y Álvarez
Luis Eduardo Gutiérrez se considera un artista del pueblo, más reconocido como intérprete, que como compositor. Y es comprensible, pues su vocación se desarrolló principalmente en eventos familiares, amenizando eventos como los quince años, las bodas de plata, las graduaciones, las peticiones de mano, las despedidas de soltero o los aniversarios.
Foto reciente con su hijo, ing. Electrónico y músico Manuel Alejandro Gutiérrez.
Hoy a sus setenta y dos años, goza de buen retiro, y se siente complacido al encontrarse por la calle con muchas personas que le recuerdan y agradecen estos inolvidables momentos.
Cuando se refiere a su pueblo, se congracia con la cálida acogida que este extiende a todo el que llega, con el espíritu festivo y amañador de su gente, con las bondades y generosidad de la tierra que lo vio nacer.
En sus composiciones, plasma estos sentimientos y no deja de exaltar a su natal Campoalegre. Hoy tiene en total veintidós composiciones, de las cuales dieciocho corresponden a géneros de la música andina colombiana, entre bambucos, pasillos, sanjuaneros, valses, guabinas y cuatro son pasajes llaneros.
El vals titulado Ensueños (1970) fue su primera creación, que compuso a los veintidós años, inspirado en la brisa fresca y los amplios cielos nocturnos que enmarcaban su regreso a casa, después de largas horas de serenata.
Otros títulos en los que refiere su amor por la tierra son el sanjuanero Campoalegruno (2017), la guabina Tierra Linda (1994), canción galardonada en el festival del bunde de Espinal. Otros títulos que versan sobre esta temática son Hacienda Potosí (1993), retrato de un lugar emblemático de Campoalegre, y Así fue (2009), en conmemoración a los doscientos años de fundación del municipio.
En alusión a la vocación agrícola de su pueblo, compuso el sanjuanero Festival del arroz (1976), celebrado casi como un himno en las festividades que conmemoran la fundación de Campoalegre en agosto; la guabina La Espigadora (1995), en homenaje a las trabajadoras de los cultivos de arroz, y el bambuco Café especial (2010), como exaltación de este importante producto local.
También ha incursionado en la creación de pasajes llaneros, con los siguientes títulos: Dios nos perdone a los dos (1985), El que manda es el amor (2014), Aunque no esté de mañana (2016) y Mi gran señora (2017).
Otras composiciones se refieren a temas como el amor y el desengaño: Lo mejor de amarte (2016) y Ríete (2000). En su tema más reciente titulado Hoy te vuelvo a decir (2019), el autor expresa su vocación espiritual y su agradecimiento al creador por las bendiciones recibidas a lo largo de su existencia.